Dejo a mi amigo de toda la vida
Al principio, yo le dedicaba tiempo para que entendiera que todo dependía de él. Que el mundo ahí fuera no le estaba buscando y que nunca llegaría una llamada que solucionaría el resto de su vida y reconocería su enorme talento. El día que me pillaba con ánimo trabajábamos en un plan. Una lista. Un guía-burros, un haz esto o lo otro, un ‘espabila de una santa vez’ para dummys. Yo siempre intentaba que hubiera algo concreto que hacer. Una tecla que tocar. Que al menos pasara algo…
Una de esas veces decidí hacer seguimiento. Le llamé yo para ver cómo avanzaba el plan. Y se ofendió. Él, por supuesto, no había dado ni siquiera el primer y minúsculo paso. Ni siquiera había hecho esa insignificante gestión que quizás generaría una segunda. Ni esa actualización de perfil, ni ese mensaje, ni esa llamada, ni esa…. nada. Nada de nada. Entendí que quejarse era un modo de vida. Es como automedicarse. Ese día yo me convertí en un cretino para él. Me convertí en alguien incómodo a quien rendir cuentas, no alguien a quien llenar el hombro de mocos.
Aquel día rompí con él. Nunca más una queja, ni esa melancolía densa. Entendí que en algún momento hay que elegir la cuesta arriba para que la vida no sea una larguísima cuesta abajo hacia el infierno. La única recompensa de dejarse hundir en el fandango es que al final no tengas ganas ni de tener ganas.
Hoy, 15 años después, me he acordado de él y me he puesto a pensar cómo será su vida. Calculo que ganará un 30% más. Mas por IPC que por méritos propios. Seguirá llevando un traje aburrido, pero varias tallas más grandes. Habrá encontrado un cuadro con el que lastimarse por soleás y gente afín que le doble las palmas en su funeral. Pensará en la jubilación, los días de vacaciones y el convenio.
Hoy hace 15 años que rompí con mi trayectoria profesional y no he vuelto a saber nada de aquel otro yo tan patético.

