Domingo, 29 Marzo 2026 18:35

¿Es la ética un vestigio del pasado?

Las distintas sociedades humanas han legislado el comportamiento, tanto el propio como el ajeno.

 

 

 

 

Que el ser humano sea capaz de ejercer de demonio en la tierra no le sorprende a nadie. Bien lo sabía Platón cuando en La República se figura la posibilidad de que un pastor se tope con un anillo que otorga el poder de la invisibilidad. ¿Qué haría ese hombre al que el filósofo bautiza como Giges? Sin duda, nada bueno. En el cuento de Platón, Giges emplearía el anillo para robar, seducir a la reina, asesinar al rey y tomar su trono.

Las distintas sociedades humanas han legislado el comportamiento, tanto el propio como el ajeno. Ciertas conductas se han calificado como loables, mientras que otras se han tildado de inmorales, incorrectas, abominables

El vetusto debate sobre nuestra naturaleza moral se ha dilatado con los siglos. Para algunos adalides del optimismo antropológico, los humanos somos bondadosos de forma innata, seres de luz que han perdido el norte por mor de ciertos avatares del entorno. Sin ir más lejos, para Jean-Jacques Rousseau la culpa es de la propiedad privada. En sus antípodas, otros tantos se han abrazado al lema hobbesiano: «Homo homini lupus». A semejanza de esas arañas que devoran a sus propias crías, los humanos han demostrado que ningún comportamiento le está vetado, por muy repulsivo que a priori pueda resultar.

Salvando los extremos, es posible que la respuesta adecuada habite en la escala de grises, como un virtuoso término medio. O quizás no haya ninguna respuesta. Tal vez la pregunta sea defectuosa de partida. Como quien se cuestiona absurdamente por la comida favorita de los números impares, puede que simplemente no haya ninguna contestación adecuada.

Lo que parece claro es que, al menos desde su consolidación como animal comunitario y simbólico, las distintas sociedades humanas han legislado el comportamiento, tanto el propio como el ajeno. Ciertas conductas se han calificado como loables, mientras que otras se han tildado de inmorales, incorrectas, abominables. En paralelo, las primeras han sido premiadas —la literatura o la cinematografía dan muestra de ello— y las últimas castigadas —véanse conceptos como el del pecado o instituciones como la prisión—.

En el plano filosófico, la discusión ética se ha centrado en hallar unos primeros principios que funcionen al modo de los axiomas de la geometría euclídea. Un denominador común que se presente como guía última y definitiva para filtrar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto.

No obstante, la empresa se ha antojado sobremanera compleja. Tanto que hoy en día, siglos y siglos después, seguimos en las mismas. ¿Están justificadas las mentiras piadosas? ¿Es correcto terminar con la vida de un inocente para salvar la de cien? ¿Las corridas de toros son una exposición suprema de arte o una tortura teñida de vómito y sangre?

Todos aquellos interrogantes que gravitan alrededor del núcleo de la ética siguen anclados en el puerto de partida. Hay más teorías, conceptos, una montaña de textos que aseguran haber encontrado la respuesta final. Tenemos las éticas de la virtud, las utilitaristas, las igualitaristas, las prioritaristas, las teorías de los derechos, la ética formal kantiana, las éticas discursivas, las del cuidado y otras tantas.

Pero todas ellas se desmoronan ante la presencia de quien discrepa sobre este o aquel asunto moral. Como desvela la geopolítica actual, a la postre todo se reduce al ejercicio de poder, a la fuerza. Si se permite un apunte de actualidad, la autoproclamación de EEUU como dueño y señor del petróleo venezolano o las constantes amenazas de su presidente, Donald Trump, sobre una futurible anexión de Groenlandia por medios militares, desvela un trasfondo inquietante, pero no por ello menos cierto. Ya se lo dijo Humpty Dumpty a Alicia: «La cuestión es saber quién manda, eso es todo».

¿Está pecando esta línea de razonamiento de pesimismo? Uno puede meterse en la piel del sofista de turno y aducir que eso depende del punto de vista. Al fin y al cabo, la valoración optimista o pesimista depende de un marco axiológico —moral— previo. El hecho determinante estriba en la ausencia de un punto de amarre que brinde alguna garantía sobre qué es cierto en ética.

 

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Ricardo Alba Santamaría
periodista y escritor español

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