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Miércoles, 27 Septiembre 2023 13:48

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA – CAPÍTULO 12 “UN MARIDO EN ÁFRICA”

 

Lucas, arrellanado en el sofá enfrentado al formidable ventanal del salón, fijó la vista en el jardín esmeradamente cuidado. La tarde de verano buscaba sombra en el sauce de largas ramas acunadas al capricho de la ligera brisa aromatizada de salitre. El hombre disfrutó unos momentos de la cautivadora vista, después tomó los folios, se dispuso a leerlos para, luego, finalizada la lectura, comentarle sus impresiones a Odette, como en tantas otras anteriores ocasiones ella le había pedido. A la voluntariosa escritora le faltaba el sosiego mientras Lucas no leyese sus cuentos. Requería su veredicto antes de enviarlo a las editoriales. Tenía fe ciega en el criterio de Lucas, era sincero, incluso brutalmente sincero. Carecía de ciencia literaria, sencillamente le gustaba el texto o no le gustaba. Y este, simplemente este, era el diagnóstico pretendido por Odette.

Un armario de la cocina apilaba un surtido de frascos con hierbas: menta, sauco, manzanilla, tomillo, semillas, raíces, cortezas, jengibre… Según Odette Dorel, todas con propiedades beneficiosas en la preservación de la buena salud, todas imprescindibles en el cuerpo a cuerpo con la enfermedad.

“… El día de mi cincuenta cumpleaños, sentada en la Gran Place, frente al Teatro Sebastopol, tomé una de las dos grandes decisiones de mi vida. Había nacido y vivido en Lille, ciudad hermosa, pero triste, de inviernos muy fríos, medio año con lluvia, apagada, sin sol. Necesitaba luz, calor, sentir el mar acelerando el correr de mi sangre, entornar los ojos al mirar el horizonte abrasado de sol. De regreso a casa repasé mentalmente lugares conocidos en alguno de mis viajes, uno donde me hubiese dicho: este es mi sitio, aquí me gustaría vivir. Y me mudé a Alcandora, al abrigo del sol, al murmullo del mar.

Uno tras otro, Lucas apilaba con mimo los folios ya leídos en el cojín del sofá. Odette perseguía con la mirada cualquier indicio, alguna señal, cualquier pista sobre si o sobre si no le estaba seduciendo a Lucas el manuscrito. Él, de reojo, advertía la impaciencia, el desasosiego de la escritora. Le agradaba el juego de tenerla pendiente, su único gesto consistía en tomar sorbos de la infusión de cola de caballo. Ella, Odette Dorel, lo sabía. Era lo único irritante de Lucas, ese dominio de inmutabilidad tan desesperante. Sin embargo, ella lo reconocía, constituía el único impuesto, el ínfimo peaje de su inapreciable entrega. No le quedaba otro remedio. Recorría la casa sin hacer ruido con la suela de las sandalias. Regresaba al salón. Lucas no había cambiado de postura. Le sirvió más infusión.

“… En Lille sí había tenido romances, mis relaciones con los hombres duraban poco, seguramente era yo misma quien los espantaba habida cuenta de mi carácter fuerte, libre; en cuanto advertía ataduras me escabullía como las pastillas de jabón. Viajaba, viajaba mucho, era la válvula de escape a mi monótona función de traductora en Estrasburgo. Se me hacían interminables las sesiones repletas de estupideces, aunque, bien es cierto, espléndidamente remunerado por dos semanas de trabajo al mes.

Las otras dos semanas me daban un tiempo precioso destinado a viajar. No siempre, pero sí muy a menudo. En esos viajes, no voy a negarlo ahora, a mi edad, ciertamente tuve mis aventuras. Comenzaban con juramentos de no compromiso, disfrutaba de la fugacidad, terminaba huyendo del agobio. Desde muy joven tuve conciencia de atraer a los hombres, no por mi belleza, sino por el conjunto de mi pelo negro, ojos negros y medidas anatómicas no muy alejadas de los patrones de las modelos de entonces. Tal vez yo era el resultado del cruce entre un padre belga y una madre francesa, o quien sabe”.

Odette Dorel comenzó a escribir cuentos una vez asentada en Alcandora. De cuando en cuando, enviaba las sinopsis de sus historias a alguna editorial, por probar, sin más ansia. Su imaginación, su fantasía, su estilo, todo ello había calado en una de ellas. Firmó un contrato con una cláusula fundamental para ella: si le apetecía escribir, escribía y si no, no. Así de sencillo. Eso sí, antes de enviar el manuscrito tenía que pasar el filtro de Lucas. Si a Lucas le gustaba, santa palabra. Lucas, Lucas, ¿no podría este hombre leer más ligero?

“… Kimberley me propuso un viaje, me dijo exactamente que era ¡el gran viaje! Y me agradó la idea; además, Kim, como yo la llamaba, sería buena compañera de andanzas. Habíamos congeniado desde un principio, nos conocimos en una colecta de la Asociación contra el Cáncer. Era de risa fácil y mente ágil, educada y limpia. ¿Cómo no? ¡Vámonos! ¿A dónde? A Kenia. En una semana recogíamos nuestras maletas en el aeropuerto de Nairobi y cinco días después poníamos pie en Mombasa tras un penoso e inacabable trayecto en autobús. Caímos rendidas las dos en las camas de nuestra habitación de hotel”.

Mombasa es ciudad con mucha vida, espectacular vida, exagerada vida podría decirse. Colores, olores, impresionantes salidas y puestas de sol, playas de arena blanca. Kim y yo nos dejamos perder por la parte vieja. Tomábamos el matatu, parábamos donde nos apetecía y ambas estallábamos en risas al bromear recordando al conductor del matatu con una mano agarrada al volante y la otra sujetando el fajo de dinero para cobrar y dar cambio; un espectáculo desternillante. Después de un almuerzo muy mombasero nos encaminamos a la playa Diani. Antes de llegar nos detuvimos en un mercadillo de policromía indescriptible. Ahí estaba John Lewano. Ahí estaba yo.

La tarde, que había cumplido ya su función, le daba paso lentamente al relevo nocturno. Lucas encendió la lámpara Tiffany colocada sobre la mesita, la misma donde reposaba la taza con infusión de cola de caballo. En sus manos apenas ya unos cuantos folios, el resto del mazo descansaba en el cojín del sofá. Odette, de un vistazo, calculó el tiempo que emplearía Lucas aún en la lectura. Le sobraba para hacerse las uñas, de las manos y los pies, murmuraba ella. Tenía cumplidos de largo los sesenta, presumía de ello y de conservar un físico estupendo a base de cuidarlo con deporte, alimentación saludable, mente abierta y haberse puesto el mundo por montera.

“… Kim, Kimberley, regresó a Alcandora, algo de unas conferencias, dijo. Yo me quedé al lado de John Lewano, un Samburu de dos metros de negro, pero negro. ¡Estás loca!”, me gritó en el aeropuerto. Kim, le protesté yo, esta es la segunda gran decisión de mi vida. Entonces di media vuelta, no sin antes advertir la cara de espanto de mi amiga. Seguramente me sermonearía nada más poner nuevamente mis pies en Alcandora. Bueno, eso ya se vería. Un atardecer únicamente posible en Kenia, John me advirtió de la rivalidad, de la lucha entre los Masai y los Samburus. Para ser un buen Samburu has de haberte enfrentado a un león con éxito. Lo contaba sin más, mostrando entre risas el blanco de sus dos hileras de dientes. Yo vivía aquellos días verdaderamente fascinada.

John y yo viajamos a su pueblo, a Maralal, quería conocer a su familia. Fueron ochocientos cincuenta kilómetros para olvidar. De un autobús a un matatu y después a otro autobús y luego al matatu; como si fuera una noria. Uno de los matatus se atascó en el fango, era de noche, nos trasvasaron a otro vehículo, un Land Rover. El barro me llegaba a las rodillas, veía puntitos brillantes en la oscuridad. En el coche de rescate iba sentada entre John y un amigo suyo, Lemako. Pregunté por los puntos brillantes. Son guepardos, también hienas, me dijeron Lewano y Lemako. ¡Por Dios! Me podían haber comido por ser mujer. Lemako y John reían palmeándose las piernas. Los guepardos y las hienas se comen al último de la fila. Muy graciosos ambos.

Llegamos por fin a Maralal, fuimos a un hotel. El recepcionista nos llevó a la parte de atrás, debíamos quitarnos el barro con el agua de una manguera. Regresé a la recepción en sujetador, nos dieron habitación rápidamente. A la mañana siguiente nos encaminamos al encuentro de la familia Lewano. Con John me entendía en un inglés muy particular; con su familia, a ver, no se aprende swahili en un día. Así pues, miradas, sonrisas, movimientos de manos y cabeza, el lenguaje universal. El día fue intrigante, idas y venidas de las mujeres, risas de los hombres, regalos, me pintaron la cara. De madrugada salí corriendo de la mañata, la cabaña me provocaba claustrofobia. Al ser extranjera, la madre de John me dio permiso para pasar el resto de la noche bajo el abrigo de estrellas.

Con el amanecer, los Samburus se reunieron alrededor de la mañata. Gran parte de la mañana la pasaron bailando, bebiendo, comiendo. El hombre más anciano del pueblo se plantó ante mí y ante John. Yo no entendía nada, pero el viejecito nos estaba casando. Él decía una especie de admoniciones, nosotros dos debíamos responder. Lewano contestó por él y por mí. El longevo Samburu dio fe del nuevo matrimonio. Después nos fuimos a celebrar la boda a otro pueblo, Latakueni, a setenta kilómetros de Maralal, o sea, medio día de viaje.

—¿Y así lo terminas, no le falta, no sé, algo que…? —preguntó Lucas mientras apilaba de nuevo los folios y los igualaba con golpecitos en la mesita donde reposaba la taza y la jarra con infusión de cola de caballo.

—¿Te gusta o no? —Odette Dorel se sentó a su lado en el sofá.

—La verdad, Odette, no sé si me gusta porque no encuentro lógico este final, es brusco.

—¡Es muy lógico! ¿No me ves aquí, en Alcandora? Piensa, piensa. Si te parece bien, hacemos una cosa: escribo un final metódico y vienes a leerlo cuando lo acabe, ¿sí?

—Vendré, y lo sabes. Anda, dame un beso. Me marcho a casa. Gracias por las infusiones.

Odette se acercó al mueble de estilo francés, un armario de madera maciza. Abrió la puerta acristalada, extrajo un álbum. Cada una de las hojas con fotografías pegadas estaba cubierta de papel celofán. Sentada en un peldaño de la escalera de subida al piso superior, las fue pasando poco a poco. Cada una de las fotos atrapaba un vértigo, una promesa, todas retenían al ojearlas las memorias de un año de su vida. ¿Cómo contar un final lógico, tal y como sugiere Lucas? ¿Tal y como fue? Es difícil entenderlo si no se está allí. Es difícil revelar un engaño. Es difícil sentirte estafada.

“¿Me atreveré a plasmar en el libro este episodio real de mi vida, la nostalgia persistente en mí de aquellos meses convividos en la tribu de los Sambarus? ¿Entenderá Lucas la tradición de allí, aquella según la cual todo lo aportado por la mujer es también del marido y según la cual, también, Lewano me birló unas decenas de miles de euros, me dejó sin blanca? ¿Sería este motivo suficiente para un final lógico?

          Odette, con el álbum bajo el brazo, subió a su dormitorio, se apoyó en la barandilla del amplio balcón. Alcandora, iluminada en la noche de las velas, se le mostraba como un regalo. Sintió el placer de vivir en un lugar maravilloso, en el rincón del mundo elegido por ella. Y se prometió volver, quién sabe… a Kenia.

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Ricardo Alba Santamaría