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Jueves, 16 Noviembre 2023 11:59

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 19 "CHIPI"

 CHIPI

 

El bichito era nada, un cachorrillo tamaño mando a distancia de televisor y raza indefinida e indefinible. La primera noche, la niña María le preparó con papeles de periódico una cunita al lado de su cama, al alcance de la mano. La niña María durmió con una sonrisa candorosa puesta. El perrito no abrió los ojos, aún no podía.

Cuando aquello, corría el final del mes de julio. Le seguía, lo afirma tozudamente el Zaragozano, agosto, un mes asfixiante en Alcandora; de calor, de gentío, de olores a sudor y fritanga. Luis e Isabel, los padres de la niña María, preparaban el éxodo anual e invariable a un pueblecito de Ávila, al fresquito de la sierra, a la rebeca de por las noches, al plateado de las hojas de los chopos llevadas por el viento. Ingrid, la veterinaria de Alcandora, dispuso el ajuar necesario para el viaje, así como unas recomendaciones acerca del cuidado del cachorrillo Chipi. La niña María le había bautizado con tal nombre así, sin más, porque le gustó. Esta vez el viaje se hizo largo, entrecortado, con paradas obligadas debido a Chipi por esto, a Chipi por lo otro… Lo consabido al viajar con un animal y sus necesidades.

Con los primeros fríos serranos, a casa, a Alcandora de nuevo. Chipi alcanzaba para entonces la medida de una caja de zapatos talla 42. El regreso coincidió con la etapa en la que el cachorro se alejaba de su guarida para sus procesos de eliminación sólida y líquida.

Dicen, cuentan, comentan, yo no lo sé porque no tengo perro que me ladre, gato tampoco, ni siquiera canario, conque el único animal en mi casa soy yo; dicen, decía, que las tres salidas diarias a la calle de los canes son muy saludables para sus dueños. Hablan, y no paran, de los beneficios de pasear a la mascota: ejercicio diario, conocer gente…

 

Luis Martín cayó pronto en la cuenta de que con el comienzo del curso escolar la niña María, su hija, no podía ocuparse de los paseos. Los horarios no eran compatibles. Cuando la niña María podía pasearlo, Chipi no lo requería; cuando para Chipi era imperioso, la niña María estaba en el colegio o haciendo deberes o ya acostada. Así, Luis tomó las riendas, o sea, la correa que iba de su mano al collar de Chipi, aproximadamente dos metros de separación entre uno y otro. Desde la primera salida se construyó entre ambos una sólida y afectuosa complicidad.

 

De porte elegante, Luis Martín era un prestigioso decorador y un más que notable aficionado a la pintura, a la escultura, a la música, al arte. Podría definírsele como un personaje del Renacimiento. Pulcra y coordinadamente ataviado, destacaba en él una impecable perilla blanca que contrastaba con el color negro de su bien peinada cabellera. De verbo fácil, fecundo, preciso, tenía ganada la cordialidad sincera de quienes le rodeaban, bien en el estudio de decoración, bien entre sus más amigos que clientes. Sabía captar algo más allá de la personalidad de quienes le encargaban la decoración de su vivienda, de su oficina. Empatizaba, acertaba.

 

Ya con las entreluces de Alcandora, las de colores algodonosos sosegados, apacibles, Chipi y Luis daban su última caminata diaria por el Paseo Marítimo. No era un recorrido rutinario, aunque bastante repetido, de modo que se hizo habitual el cruce de saludos con otros paseantes de mascotas. El saludo llevó al intercambio de frases relacionadas en lo tocante a los canes e, incluso, a hacer alguna que otra paradita para pegar la hebra en tanto los perros se olisqueaban respectivamente. En una de tantas y de tantas veces, Luis entabló cierto trato amistoso con Julián Barrios, pintor y asimismo enamorado del arte que paseaba su collie a diario.

 

Y el arte, tanto como sus mascotas, los asoció en sus caminatas. El descubrimiento de un códice en una librería de viejo, la próxima inauguración de cualquier muestra de pintura, obras añadidas al catálogo de museos, el traslado de una estatua, la restauración de un monumento… todo era compartido, debatido, admirado, conversado hasta que los perritos tiraban para casa. A estas alturas, Chipi había alcanzado el tamaño de una maleta de cabina.

 

 

Una tarde, al poco de encontrarse en el mirador del Paseo, Julián Barrios le propuso a Luis Martín visitar su casa. Luis aceptó encantado la invitación. Se encaminaron parsimoniosamente a la vivienda de Julián en animada charla. Luis se detuvo inesperadamente.

—Julián, ¿seguro que no molestaremos a la familia?

—No te preocupes, Luis, están avisados —respondió risueño.

 

Entraron en el portal que hace chaflán de las calles Puertas Nuevas con Obispo Orellana. El ascensor les elevó hasta el tercer piso. La puerta de la derecha correspondía a la vivienda, la de la izquierda daba la entrada al estudio de Julián. Olía a aguarrás, a pintura, a disolventes. Por todas partes había lienzos, unos de colores impetuosos, otros como fotografías veladas, cuatro caballetes y cuatro cuadros comenzados, estanterías y mesas colmadas de botes, unos llenos, los más, vacíos. Y luz, mucha luz a través de los grandes ventanales. Luis Martín se detuvo unos minutos ante uno de los cuadros apoyados en la pared embadurnada de brochazos.

—Te compro este cuadro, Julián.

—No Luis, no. Precisamente ese no lo venderé nunca —respondió con gesto seco.

 

Luis no quiso insistir. Algo le dijo que era mejor dejar el asunto. Desvió los comentarios a encomiar la vasta obra de Julián, a reparar en la espaciosidad del estudio con el suelo de cemento rústico al modo y manera del de Picasso en París Y tras una des- pedida muy cordial, regresó con Chipi a casa. Durante un buen trecho reflexionó acerca de la brusca negativa de Julián a venderle el cuadro, cuando, al fin y al cabo, se ganaba la vida con la venta de sus pinturas. La mascota se detuvo por tercera vez en el mismo alcorque, lo que hizo a Luis centrar la atención en el perro.

 

Pasaron dos semanas sin que Luis coincidiera con Julián en los paseos cotidianos con sus animales. Pensó que tal vez hubiera cambiado el horario por algún motivo. Pasada la tercera semana especuló que quizá no quería encontrarse con él, podría estar molesto por lo del cuadro, aunque no le encontraba razón. El lunes de la cuarta semana se acercó a su casa. En el tercer piso llamó a la puerta de la derecha. Abrió una mujer, Julián había fallecido al poco de su visita al estudio. Luis Martín le participó el pésame y se echó a la calle con una pesadumbre de sabor amargo sobre los hombros.

 

A Luis, el Paseo dejó de parecerle el Paseo, cambió el itinerario.

 

Chipi mostraba el desconcierto que un perro puede mostrar por esa repentina mudanza de andanzas. De cuando en cuando dirigía los ojos a Luis con mirada interrogante, pero sin éxito. Luis Martín ponía la vista en el horizonte, justo donde el dolor duele de tanto doler. Había perdido un amigo y no a un simple compañero de paseos.

 

Sentado en su sillón favorito del salón, con Chipi a sus pies, Luis Martín pasaba las páginas de un incunable que sin duda habría hecho las delicias de Julián. Estaba solo en la casa. El sonido del timbre interrumpió la placidez del momento. Abrió la puerta, un joven le preguntó si él era Luis Martín.

—Sí, yo soy Luis Martín. ¿En qué le puedo atender?

—Me llamo Antonio y soy hijo de Julián Barrios. Antes de su fallecimiento me encargó que le trajese este paquete.

—Gracias. Encantado de conocerle, ¿quiere pasar?

—En otro momento vendré a visitarle, le agradezco la invitación. Ahora tengo algo de prisa. Gracias y hasta pronto. Adiós.

 

Luis depositó el envoltorio de cartón rígido sobre la mesa. Lo abrió con unas tijeras. Descubrió el contenido: era el cuadro que Julián no le quiso vender. En la parte posterior del lienzo había un sobre. Extrajo el folio que contenía. Una carta:

 

“Amigo Luis:

El destino y nuestros perros me dieron la fortuna de conocerte. Yo sabía que estaba enfermo, pero nuestros encuentros, nuestras conversaciones, hacían que me olvidara de la enfermedad. Esos coloquios me enriquecieron artística y, sobre todas las cosas, humanamente. Al fin pude hablar, compartir inquietudes, elucubrar acerca de utopías en libertad, reinventar el modo de entender la belleza de un mundo desgraciadamente inapreciable para tantos y tantos.

Amigo Luis, este cuadro que te ha entregado mi hijo, y por el que mostraste interés al querer comprármelo, es mi obra favorita, a la que más aprecio tengo. No quise vendértelo porque lo tenía preparado para regalártelo, perdona si fui brusco en aquel momento; sabía que no me quedaba mucho.

Deseo que lo pongas donde más te plazca. En el cuadro está expresado cuanto fui, cuanto sentí.

Tu amigo Julián.”


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