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Viernes, 01 Diciembre 2023 18:24

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 24 "Pegado al suelo

 Pegado al suelo

 

En el corto intervalo de espera para que las gaviotas vuelvan a lamentarse, y poder pasar de un lado a otro de la calle, me llega el aroma de café recién hecho. El olor viene de Riofrío, cafetería don- de también elaboran exquisitos pasteles, bizcochos y rosquillas, ¡ah, y churros! Si el horario de mi visita a la ONCE coincide con la hora del desayuno no perdono tomarme un café con churros. Coger un churro es una de mis debilidades, lo reconozco. Paso las yemas de mis dedos por los surcos rugosos de la masa de harina recién frita, sabrosa. Es el rito previo para cortarlo justo a la me- dida en que puedo mojarlo en la taza de café. En ocasiones, si el camarero es nuevo y no me conoce, me quemo los dedos pulgar e índice con el líquido caliente. Tengo calculada la medida, pero no depende solo de mí.

De nuevo en la calle, absorbo con placidez el aire de prima- vera. Al caminar muevo mi bastón de izquierda a derecha de la acera como si deslizase un radar. A veces, sin querer, le doy en la pierna a algún despistado que no me ha visto porque, yo lo sé, camina embobado en la pantalla de su móvil. El mío es un teléfono sencillo con doce teclas grandes, diez para marcar más una de llamada y otra de colgar. No suelo usarlo mientras camino, me distrae la atención.

 Subo por la calle Augusto Figueroa y antes de llegar al mercado de San Antón me detengo un rato en el quiosco de Raimundo. Nada más verme lee en voz alta los titulares más importantes, según él, de la prensa diaria. Imagino a Raimundo de pregonero en algún pueblo de Andalucía por su acento, por el gracejo y énfasis puesto en ciertas palabras que, al parecer, merecen ser destacadas. Me divierte cuando ahueca su tono grave, significa que no está de acuerdo con algunas de las opiniones publicadas.

Con un hasta mañana, Raimundo y yo cruzamos el saludo. Unos cuantos pasos más arriba, treinta y siete exactamente, al cruzar el portalón del mercado experimento uno de los mejores momentos del día. Es como si destaparan un frasco lleno de olores a mi paso.         Huelo la verdura fresca, la fruta recién recogida, el pescado, la enorme variedad de especias. Siento las fragancias como tentáculos que se aferran a mi cuerpo, los aromas se apiñan en mi olfato. Aspiro el aire pleno de esencias naturales para almacenarlo en el cofre donde guardo los perfumes. Sigo mi camino despacito, sin prisa. Atrás dejo también las jaraneras voces que pregonan el género: ¡aquí, señora, a buen precio, lo mejor de lo mejor, por la gloria de mi madre! Los cantos alusivos a las excelentes naranjas; a las aceitunas Gordal, Hojiblanca y Carrasqueña; al jurel recién llegado del Cantábrico; se confunden unos con otros, ya sean recitados por hombre o mujer.

—Bueno, bueno, bueno, mira quién viene por aquí —, es Rosario, la dueña de una zapatería que hace casi esquina con la calle Hortaleza. Su voz, su entonación, son inconfundibles. Al hablar expresa una delicada energía, a mí me suena a algodón de azúcar. Me toma de los brazos, siempre lo hace cuando tengo la suerte de cruzarme con ella—. Vamos, dime lo guapa que me ves hoy.

Coloca su cara entre mis manos. Paso los pulgares por su frente, los deslizo por la nariz hasta llegar a sus labios, que recorro lenta- mente. Pongo las palmas en las mejillas, las hago circular por todo el contorno de su rostro.

—Hoy eres mucho más hermosa que… —me callé, no quería que Rosario averiguase que llevo la cuenta de los días que pasan sin verla.

—Que qué, anda, dime, zalamero. ¡Ay!, pero que tímido eres, ladrón.

—Rosario, que pierdo el autobús si seguimos así.

—Yo sí que perderé la cabeza un año de estos, anda con Dios—, y ríe tal cual ríen las fuentes de los jardines de Sabatini, mientras me empuja suavemente.

Toqué las agujas de mi reloj. En apenas cinco minutos llegaría el autobús que me lleva a casa. La mañana había sido muy completa, me dije. Faltarían unos cincuenta metros hasta la parada del autobús cuando, de repente… chap, chap, chap. ¡Por los clavos de Cristo! ¡Un chicle! Había pisado un pegajoso y repugnante chicle.

¿Cómo puedo saber yo que alguien ha escupido al suelo un chicle masticado? ¡Maldita sea su estampa!

Con varios chap, chap, chap apresurados subí al autobús. Pasé la tarjeta de abono por el lector, tomé asiento. Una magnífica ma- ñana echada a perder por un asqueroso chicle. Me noté cansado. La ciudad es una sucesión de barreras para un discapacitado, un campo de minas: “Señor, señor, ya que no me das luz, dame paciencia. Y, puestos a pedir, dame que también Rosario esté mañana asomada a la puerta de su zapatería y que yo me atreva, ya sabes, a decirle todo lo que siento por ella”.

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Ricardo Alba Santamaría