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Viernes, 11 Agosto 2023 11:28

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - CAPÍTULO 3 'HABANERA DE LA AMARGURA'

 

Las habaneras serpenteaban las calles y plazas de Alcandora, invadida de paseantes. Cuando salí de La Habana, válgame, Dios… ¡Válgame el cielo!, cómo se elevan las cadencias dulzonas, cómo el aroma de salitre trepa al balcón de Eulalia, cómo se aposenta en las calles estrechas, empinadas, de una ciudad mirando al mar.

Eulalia recita… En el bohío ha nacido un niño. Las cartas se distanciaron una de otra. Saca del cajón el mazo de correspondencia. Al principio, una diaria; juramentos de amor, añoranzas; después, una a la semana; luego, luego la tristeza, el asomo a la puerta: «Señor cartero ¿hay carta para mí?». No, hay años de angustia, de luto por dentro, de tía soltera. Ni palomas ni golondrinas llaman a su ventana; las amigas paren hijos, ella está seca. Los pocos mozos atrevidos son rechazados uno tras otro; la novia, silente aún, espera con esperanza el retorno de un amor que partió en busca de fortuna.

Eulalia baja todas las madrugadas a la playa, moja los pies en el agua, persigue palabras en la mar: «Cuéntame —le pide a la espuma de las olas—, cuéntame la historia del pescador que se deja en la orilla su amor y dime que volverá». La novia de siempre, la Eulalia que espera, pregunta a quien encuentra: «Dígame usted lo que pasó». Nadie le responde, no saben qué responder.

Todos los días dispone sobre la mesa del comedor dos platos, dos cubiertos, dos velas: «Aparecerá en cualquier momento». Eulalia come sola, cuando come. «Tú sigue así, sigue. Te quedarás para vestir santos. Eso si no te has quedado ya.» La voz de la madre de Eulalia sabe a irritación, suena a tristeza. Eulalia no contesta, para qué. Ella confía en el hombre que desde la cubierta del barco le dijo por mil veces: «Eulalia, te quiero. Volveré, nos casaremos».

Sabe de las habladurías que corren en Alcandora… que es una inocente, que qué infeliz. En el mercado la miran como a una loca, siempre compra para dos: «Esta mujer ha perdido la cabeza, pobrecilla». Eulalia mira sin mirar, oye sin oír: «Qué sabrán estas». Con la cesta en el brazo entra en la iglesia, enciende una vela a la Virgen de la Esperanza, otra a la de los Desamparados. En realidad, no hay más que una imagen de la Virgen que para Eulalia son todas las vírgenes: de las Angustias, de la Soledad, del Amor, de los Dolores, de la Caridad, del Mar.

          El párroco, don Esteban, apoya su mano en el hombro de la mujer arrodillada: —Eulalia, hija mía ¿no crees que han pasado ya bastantes años?

—Volverá, padre.

—Hemos hablado mucho sobre esto, es hora de que aceptes… —Volverá, padre.

Don Esteban se aleja, camina con ligeros movimientos de cabeza. Eulalia persevera en sus plegarias.

De cuando en cuando abre el arcón del ajuar; por verlo, por tocarlo, por oler el olor dulce de ilusiones que perduran en su memoria, aquellas mismas de cuando cosía, bordaba la ropa blanca de un color blanco inmaculado. Suavemente acaricia el vestido de novia, como un suspiro a veces, a veces como una puñalada de desencanto. Cierra el baúl, desliza apenas el visillo para ver sin ser vista y la calle, plena de bullicio, está para ella vacía.

—Eulalia, vámonos con los niños al parque —la hermana procura ahuyentarla de la melancolía, del marchitamiento.

—Gracias, Paula, mejor vete con tus amigas.

—Vamos, vamos, anímate, mujer. Ahora mismo nos vamos las dos a pasear al parque. Venga, tus sobrinos esperan —insiste Paula con firmeza.

Y caminaron juntas, caminaron una larga distancia. Paula hablaba y hablaba de sus hijos, de cómo está la vida, de que si esta o la otra se habían comprado no sé qué… Qué le importaba nada a Eulalia. Andaba muda, en silencio y como si escuchara a su hermana, pero sin poner atención, ensimismada. A veces, arrebatada por la desazón, miraba a la mar: «Tráemelo por el mismo camino, el del sol de amanecida». Su hermana continuaba la cháchara, era inagotable. Insoportable.

A lo lejos creyó reconocer la figura de aquel hombre, sentado en un banco y rasgando las cuerdas de una guitarra. A medida que se acercaban a él, el corazón de Eulalia latía con más fuerza, ¡pom, pom!, y más y más rápido, ¡pooom, pooom! El pulso era vertiginoso, se asfixiaba. Paula la cogió del brazo, hizo que se sentara en el zócalo del pequeño muro, Eulalia era casi transparente. «Ese hombre emigró con mi Mario», se acercó a él pasito a pasito.

—Disculpe, señor. No quiero importunarle, creo que usted viajó con mi prometido a ultramar hace más de veinte años. Se llama Mario ¿lo conoce usted?

El hombre la miró fijamente con indisimulado asombro. Se puso en pie a la par que dejaba la guitarra y el sombrero apoyados en el banco. Llevaba barba de pocos días, pantalón y camisa blanca, moreno, muy moreno. No apartaba la vista de la mujer, su presencia desanduvo el tiempo a cuando subió al barco.

—Usted es Eulalia, sin duda. Sí, conocí a Mario, fuimos compañeros de viaje. Me habló mucho de usted, de sus planes de boda en cuanto hiciese algo de plata. Una vez en tierra, cogimos caminos distintos. Nos vimos alguna vez. A él le va muy bien. Yo… no puedo quejarme; pero quise volver aquí, a mi tierra.

—¿Quiere decir…? ¿Quiere decir que Mario está vivo?

—¡Cómo! ¿No lo sabe usted? Yo pensé que Mario le habría…

—No, durante muchos años no he sabido nada de él. Algún tiempo lo di por muerto. ¡Gracias, gracias, Señor…!

—Por favor, Eulalia, siéntese, le voy a contar… Allá, en La Habana, son muy dulces los besos de las cubanas. Allá, en La Habana, una mulata muy zalamera a su bohío se lo llevó. Allá, en La Habana…

Eulalia corría, corría, corría, entró en la iglesia, sopló las velas de la Virgen de los Siete Puñales; Eulalia corría, corría, corría, abrió el arcón del ajuar, troceó la ropa blanca, el vestido de novia, arrojó los retales a la calle, volaron como grajos, quemó las cartas; Eulalia corría, corría, corría, era noche de cuarto menguante, el aire trazaba el vaivén del desvarío y el veneno del desengaño; Eulalia corría, corría, corría, en la madrugada bajó a la playa, mojó los pies en la mar, maldijo una a una todas las olas que acompasadamente llegaban a la orilla.

A la luz del día, Eulalia se dejó llevar, abandonó Alcandora, se instaló en la capital donde ahora regenta un burdel. Todas sus pupilas son cubanas.

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Ricardo Alba Santamaría