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Martes, 22 Agosto 2023 16:45

LAS OVEJAS DUERMEN EN FAMILIA - Capitulo 6 'Te esperaré'

 Te esperaré

 

      Estas tres horas se le antojaban a Nicolás Rebollo tanto o más largas que los años transcurridos en un módulo especial del penal de Santoña. Años atrás, mientras paseaba por el patio de la cárcel, alguien, jamás se supo quién, le atravesó una pierna con un pincho. Los violadores no son bien vistos en las cárceles, de modo que el preso Nicolás Rebollo salía al patio cuando la totalidad de los reclusos regresaba a su celda. Comía solo y era acompañado por dos funcionarios a la ducha semanal, todo ello en un régimen de aislamiento por seguridad.

      Durante todo el juicio, Nicolás Rebollo mantuvo los ojos fijos en el horizonte. Permaneció imperturbable mientras la acusación relataba los días de horror sufridos por la niña Teresa Garrido, secuestrada y violada repetidamente por él. No mostró un atisbo de arrepentimiento, ningún escrúpulo. Había desconectado moralmente su conducta, su conciencia. Se movía en la vida según los dictados de su instinto depredador. Ahora, ya a dos horas y media de abandonar el penal, Nicolás Rebollo se alisaba el cabello ante el espejo. Un tatuaje en el antebrazo izquierdo y una incipiente cal- vicie eran a simple vista las únicas diferencias entre aquel hombre sentado en el banco de los acusados y el que ahora metía la ropa en la pequeña bolsa.

     Nicolás Rebollo conservaba la misma fría mirada, el idéntico ademán desafiante. Se sentó en el camastro, encendió un cigarrillo, entretuvo unos minutos en hacer aros con el humo. Miró el reloj; aún faltaban dos horas para completar todo el papeleo, le comunicó un funcionario de la prisión. «Dos horas», repitió mentalmente Nicolás Rebollo. «¿Qué eran dos horas?», se preguntó. A sus treinta y cuatro años tenía toda la vida por delante, hizo planes en sus muchos días y muchas noches de soledad. Sus soñadores propósitos pasaban por estar cerca del mar, esa mar que escuchaba a todas horas desde su celda y que, sin embargo, no podía ver. Lo tenía tan cerca y tan lejos, a solo un muro de hormigón de veinte metros de alto y coronado de alambradas. Sí, la ubicación del penal El Dueso, en Santoña, es única.

     Algunos pasos le sacaron de su ensimismamiento. Creyó que ya era la hora. No, se trataba de una rutinaria ronda de inspección. Comenzó a caminar por la celda de tres por tres metros. En algún momento de sus idas y venidas por la celda recordó haber escuchado, cuando todavía paseaba por el patio con los reclusos, que Teresa Garrido se había suicidado, que no había logrado recuperarse del sufrimiento de su cautiverio y de los aberrantes abusos sexuales a los que él la había sometido.

      Pasados unos minutos le trasladaron a un despacho. Allí le dieron un sobre repleto de documentos, le devolvieron las pertenencias personales que le requisaron al entrar en la cárcel, firmó todos los escritos que le pusieron por delante. El oficial ordenó abrir la reja. Nicolás Rebollo, acompañado de un agente, recorrió el largo pasillo con paredes de azulejos blancos. Al final del corredor se detuvieron ante otra puerta de barrotes. Un oficial le cacheó, además de revisarle la bolsa. Pulsó un timbre y desde la garita central abrieron la cancela. Nicolás Rebollo, ya solo, salió a un pequeño jardín con un estrecho sendero que conducía a la libertad carcelera.

     Un agente armado le miró de arriba abajo, masculló un saludo   y abrió el portón. Nicolás Rebollo pisó la acera, giró la cabeza de izquierda a derecha para recorrer con la vista el muro del penal. Dejó la bolsa en el suelo, sacó el paquete de tabaco de un bolsillo, se puso un cigarrillo en los labios, lo encendió, expelió el humo con delectación. El ruido de la puerta al cerrarse amortiguó el sonido del disparo. Nicolás Rebollo, como catapultado por un resorte, cayó desmoronado contra la pared del presidio. Nada pudieron hacer las asistencias para auxiliarle, la bala le había atravesado el corazón, la muerte fue instantánea.

     Un hombre de pelo cano y caminar firme avanzaba por la Avenida de Berria, en la bifurcación tomó la calle General Sanjurjo. Se subió la solapa de la gabardina para cubrirse el cuello. Por un momento detuvo su marcha, miró al cielo musitando unas palabras a Carmen, a su Carmen, que ya no le advertía de los charcos dejados en las aceras por el agua de lluvia.

     Luego paseó su vista, se fijó en algunos de los automóviles aparcados, en los escaparates de las tiendas, en los balcones con ropa tendida. Imaginó, como tantas otras veces, los juegos con los nietos que nunca tuvo. Reanudó el camino hasta el cuartel de la Guardia Civil.

     En el despacho de la entrada se detuvo ante un agente de la Benemérita: «Me llamo Manuel Garrido. He matado al secuestrador y violador de mi hija. Vengo a entregarme».

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Ricardo Alba Santamaría