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Viernes, 08 Septiembre 2023 12:50

Las ovejas duermen en familia – Capítulo 9 ‘Escalera de color’

 Escalera de color

 

El Chapas asomaba, uno a uno el pico de sus cinco cartas ayudándose con las yemas de los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Acostumbraba a ello. El Calandra miraba una carta, la dejaba en la mesa, miraba la siguiente, la dejaba en la mesa. Así hacía con todas y todas las veces. El Lito, algo supersticioso y sien- do diestro, recogía las cartas con la mano izquierda. «Esto ahuyenta el mal fario», decía para sí. El Nono no despegaba las cartas de la mesa, las acercaba hasta el borde, la uña del pulgar de la mano izquierda le hacía de palanca, una vez vistas las devolvía al canto del tapete. Cada uno su ritual, su liturgia, su invocación al dios de los naipes.

Se descartaron todos excepto el Calandra, servido. El Lito pidió dos. El Chapas, una. El Nono, tres.

—Voy —el Calandra.

—Paso —el Chapas.

—Voy y cinco mil más —el Lito.

—Aquí están mis cinco mil —el Nono.

—Los cinco mil y otros cinco mil más —el Calandra.

El Chapas se acercó a la ventana. Al abrirla ligeramente se coló el recital de las cigarras, el calor era insoportable en Alcandora. Dobló hacia atrás la cintura, sujetándose los riñones con las manos. Encendió un cigarrillo, llevaba dos horas sin fumar. «Estoy hasta los mismísimos de tanto antitabaco, joé, uno ya no puede fumar cuándo y dónde le sale de ahí». El Chapas ya no cumplía los cuarenta, las arrugas de la frente lo denunciaban. Peinaba con raya a la derecha, pantalón vaquero, camisa blanca de lino, zapatillas de lona y un reloj de lujosa manufactura componían su envoltura.

«A estos les saco hoy el corazón, necesito la pasta o me funden los inversores. ¡La madre que los parió! Llevo tres bancajes perdidos». La sangre se le espesaba en las venas, volvió a su asiento.

Con tres reyes de mano, el Calandra se había llevado el envite. Cortó el Nono, repartía el Lito, era mano el Chapas. En la mesa, otros cuarenta mil euros.

Tras ver sus cartas, el Lito se acodó en la mesa, apoyó la barbilla en las manos entrelazadas. Recorrió la sala con la vista, las cuatro paredes blancas y desnudas; era convenido que nada reflejara los naipes, ni cuadros ni calendarios ni nada. Solamente un san Pancracio colocado en una peana al que, quién sabe quién, repo- nía el ramo de perejil siempre fresco. El Lito, barba cerrada desde los pómulos hasta el cuello, labios permanentemente fruncidos, camisa a cuadros con las mangas arremangadas hasta los codos, quería hacerse jugador profesional de póker: «En cuanto tenga los riñones suficientemente cubiertos me inscribo en el European Poker Tour», musitaba.

—Lito, Lito —el Calandra le sacó del ensimismamiento—, ¿vas o no?

—No, paso.

El Calandra estaba en racha, un full, tres jotas y dos seises. De nuevo en la mesa, cuarenta mil euros. Cortó el Lito, repartía el Chapas, era mano el Nono. Los naipes daban vuelta a la mesa de uno en uno. El Calandra, de ojos gatunos, gafas sin montura, apenas parpadeaba. Miró sus cinco cartas, se descartó de tres:

“Que me vengan buenas, que me vengan buenas”. Aparentemente imperturbable, los nervios le agujereaban el estómago. Su hermana necesitaba un trasplante de hígado, figuraba de las últimas en lista de espera, precisaba el dinero para salir del país, un vecino de Alcandora le había puesto en contacto con una red de venta de órganos; una millonada, sentía el retumbar del corazón en sus oídos. Se abrió la puerta de la sala y una voz de hombre preguntó si querían beber algo, los cuatro pidieron una botella de agua. El Nono recogía las ganancias, ninguno había aceptado su envite. El mismo hombre que les trajo el agua y vasos limpios encendió la luz de la lámpara que iluminaba la mesa, el resto de la sala quedaba en penumbra. El Chapas fumaba en la ventana semiabierta. El cielo de Alcandora estaba repleto de diamantes.

Cortaba el Chapas, repartía el Calandra, era mano el Lito. El Nono repitió por quincuagésima vez el rito de no despegar las cartas de la mesa, acercarlas hasta el borde, hacer palanca con la uña del pulgar de la mano izquierda y, una vez vistos los naipes, de vuelta al canto del tapete. Él era así, había sido así de obsesivo en su trabajo hasta que le prejubilaron. Comenzó jugándose parte de la indemnización, ganó unas cuantas partidas, se obsesionó con el juego, le manoseaba la ludopatía. Apenas levantaba la mirada de la mesa y cuando lo hacía las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz. Las volvía a colocar empujando el puente con el dedo índice de la mano derecha. En cada apuesta notaba la punzada de robarse a sí mismo.

Acordaron darse un descanso de diez minutos. Los cuatro pasearon por la sala con breves intercambios de palabras arrugadas. Ninguno sentía el mínimo interés por el resto. Pasado el tiempo ajustado, cada cual ocupó de nuevo su lugar alrededor de la mesa. Nada más reanudarse el juego, uno de ellos propuso jugar la última ronda, por el cansancio y eso. Los otros tres asintieron. La última. Repartiría quien destapara la carta más alta del mazo. El Lito, con mucho ceremonial, distribuyó las cartas de dos en dos y una en la vuelta de postre. Cuarenta mil euros de pot. Cada cual repitió su ceremonial y ronda de descartes; menos uno, que quedó servido.

De entrada, un envite de cien mil euros seguido de un «voy y trescientos mil más». Silencio pegajoso. «Los trescientos mil y doscientos mil para quien quiera verlas». El último en hablar asomó uno a uno el pico de sus cinco cartas para volverlas a mirar. Se escuchó lo que ninguno esperaba: «Voy con todo, el resto». El que estaba a su izquierda intervino: «No tengo suficiente dinero para igualar, me apuesto a mi mujer, ¿vale?». Destapó sus cartas y las dejó en la mesa: póker de reyes. Perdió. Uno de los otros tres llevaba en su mano el título.

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Ricardo Alba Santamaría